Están escondidos debajo de la piel de la tierra Tetelense, cuidadosamente en su sueño eterno de no ser despertados por el hombre, saben bien que sí abren sus claros ojos color agua, es muy probable que empiezen a llorar, hasta quedar secos y sin vida.
Quedan muy pocos despiertos, ellos se alimentan de sol y de luna, en sus venas corre vida, la misma que baja de las montañas, a veces se ve en la superficie la corriente de agua que en fiesta avanza hacia sus paradas continuas pero casi nunca se detiene. Otras veces esta vena arterial de vida de los grandes montes, no se ve, corre otra ruta por debajo de la tierra para pasar a quedarse un rato en algún maravilloso Manantial.
Me refiero directamente a los manantiales de Tetela de Ocampo. Tuve mi tiempo para verlos, más bien ellos me regalaron la dicha de su magnificencia, mis ojos no podían creer maravilloso lujo de creación de la madre tierra.
Me acerque a la orilla de un manantial, lentamente lo hice, me di cuenta que el cielo ahora estaba en el suelo, ahí en la cara del manantial, como era posible eso. En seguida una segunda dimensión de fantasía me abordo, mi propio ser, osea yo mismo me ví en el espejo del manantial.
El manantial fue amable conmigo, fue generoso, con sus dos manos de seda fina color cielo me dió de beber agua que emanaba de su corazón. Fue entonces que esa posima fresca recorrió todo mi ser. En seguida el efecto fue maravilloso y encantador. Cerré mis ojos, para abrir los ojos del alma, ahí estaban todos, todos los manantiales, unos durmiendo con el manto de las profundidades, otros despiertos con ojos de sol y de luna.
El bosque y las criaturas que viven ahí, cuidan celosamente de los manantiales de Tetela de Ocampo. En una ocasión de tantas que frecuentaba el manantial del bosque, bajo un ave enorme, tan grande que sus alas tapaban la luz del sol. Mi vio fijamente a los ojos, yo igual a ella, luego como gesto de amigo y respeto cerré mis ojos unos segundos.
Cuando abrí mis ojos, el manantial con sus manos le daba de beber a esa ave gigante de alas color pardo, cafe, negro, blanco y oro, con unas garras tan grandes que se confundían con los árboles.
El manantial suspiro, después que el ave se alejo y se fundió con el mismo sol. Al mismo tiempo me dijo que le queda muy poco tiempo de vida. Por eso el manantial llora todas noches de luna para mantener húmedos sus hijos.
En otra ocasión, yo apenas gateaba, fue mi primer encuentro con un manantial de Tetela de Ocampo. A diferencia del anterior que quiso nacer en el bosque, este se dió en la casa de mis abuelos maternos.
Recordarán a doña Adelita Moreno y a Don Hilario Ojeda, ellos fueron mis abuelos, en la casa donde ellos vivían, casi llegando al tanque de agua de aquí de Tetela, recordaran tambien a Doña Dionila y Don Jacobo, ellos le brindaban a amis abuelos la oportunidad de vivir en esa casa.
Las noches de luna las tengo bien tatuadas en mi alma, yo era muy chiquillo, cuidaban de mi mis abuelos, mis tías, tíos y mis padre trabajaban duramente en sus respectivos oficios, mi madre el de enfermería y mi padre el de l herrería.
Cuando llegaba la noche en ese hogar gigantesco para mí, mis abuelos me paseaban en sus espaldas, mas adelante que yo empezaba a caminar, me daban la mano para salir al patio a pasear.
En esas noches de luna, las limas del patio brillaban de color verde plateado, el lavadero de mi abuelita yo lo veía todo blanco, el patio estaba tan claro que pensaba yo que era de día.
Fue entonces que en una de esas noches plateadas, decidí salir al patio solo para ver de cerca a la luna. La encontré, la luna estaba en la cara del manantial. Nunca antes había yo visto algo tan hermoso como eso.
La luna jugaba con la cara del manantial, se reían los dos, cuando yo llegue y los ví, por un momento guardaron silencio, yo note que el tiempo se detuvo. Luego comenzaron a jugar. Yo quise jugar con ellos, cuando escuché los pasos apresurados de mi abuela.
Sentí las manos de mi abuela sobre mi, me agarró tan rápido, tan fuerte que me alejo del manantial y la luna.
Los otros días, yo mismo llegaba solito al manantial a jugar, era de dia, ahí si me dejaban pero aún lado de mi me cuidaba mi abuela o abuelo, ellos al ver que me gustaba jugar con el manantial me tenían cuidado. La luna ya no estaba, pero si el sol. El propio cielo bajo a jugar con el manantial, con mis abuelos y yo.
Autor: Nelson Torres Ojeda
Pseudónimo: Nelson Hidalgo
Tetela de Ocampo, Puebla.
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